LA ACCIÓN EN DESEOS
Daniela García Tabares
Abordaremos
a continuación uno de los componentes que pueden distinguirse
nítidamente en el texto narrativo de Marina Mayoral: esto es, el
elemento de la diégesis que da ritmo y dirección a la novela. Y
entendamos por diégesis ese universo de acontecimientos, personajes,
espacio y tiempo, y cojamos de ellos el primero para desmenuzarlo e
intentar comprender en las siguientes líneas cómo la autora nos
conduce a ese único día por un único espacio, pero que,
semióticamente, todo es convulso en su respectivo momento: en cada
una de las vidas y de las historias paralelas pero coexistentes.
Los
acontecimientos son cada una de las piezas de este rompecabezas
llamado acción. Pero, ¿Qué es la acción? No entraremos en
definiciones sentenciosas ni verdades irrefutables. Basándonos en lo
conocido, afirmaremos que acción es todo aquello que ofrece al
personaje -o actor- una experiencia que no puede ser vivida de otra
manera más que por sí mismo, y de la cual derivan siempre,
inexorablemente, una serie de consecuencias que son las culpables de
la transformación de la historia. Para García Landa, «las
"acciones" serán en realidad conceptos de acciones,
extraídos metalingüísticamente de los textos en cuestión», o lo
que es lo mismo, las acciones serán lo que nosotros, lectores,
entendemos por acciones. Seleccionaremos casi unívocamente aquello
que represente un antes y un después y seremos conscientes de la
capacidad modificadora del hecho en cuestión.
Para
el análisis de la acción en la novela Deseos
es obligatorio aludir al tiempo. Tiempo físico, material, mesurable.
La autora logra fundir ambos conceptos, acción y tiempo, en uno,
llegando a convertirlos en la misma cara de una moneda: no es posible
hablar de uno sin el otro. La acción se ve sometida al yugo de las
horas. En la novela es tan importante el cuándo
como el qué,
y Mayoral articula un conjunto de acción narrativa en relación
constante con los protagonistas que ejecutan y padecen el marco
espaciotemporal donde se encuentran.
Pero,
detengámonos a observar esta compleja construcción. Lo que está
claro es que la escritora siempre tuvo claro que todos los personajes
habían de estar colisionados y cohesionados en un solo punto. La
dispersión llegaría más tarde, cuando cada uno de ellos divagara
por sus recuerdos y nos fuesen transmitidos a través de su propia
voz, sus pensamientos: el monólogo interior. Mas la voz narradora se
limita hasta tal punto que sólo nos es útil para comprobar los
aspectos meramente visibles. Asistimos con ella a una expectación,
una transmisión de imágenes, esto es, un ojo de cámara que
deslinda la vida del personaje, lo enmarca en una situación
concreta. De lo que sucede en el interior del mismo y del por qué se
encuentra en esa escena que la cámara nos muestra ya se encarga de
hacérnoslo saber la corriente de pensamientos del monólogo
interior.
Para
comprender aún más el proceso de la trama, recurriremos a las
nociones de Prince sobre los diferentes tipos de acción narrativa,
pues en Deseos,
aunque en una primera toma de contacto parece lineal y única -un
sólo espacio (Brétema), un solo día (y además
lógico-cronológico)- es obvio que al lector lo que le absorbe de la
novela es el entramado múltiple que se desprende de esa apariencia
inocente de un día cualquiera. En términos claves, lo que logra
construir Mayoral es una trama
subordinada
que en palabras de Souvage «se
trata de un conjunto unificado de acciones coincidentes pero
subordinadas a las de la trama principal».
Pero ¿Qué es una trama principal? Y, ¿Cuál es la subordinada?
Prince tiene claro que no es más que una división palpable de las
historias, y que, según la influencia de unas con otras, la
complejidad o simplicidad de éstas se verá trastornada para
beneficio de la trama: cuanto más influyan unas en otras, mayor será
el fruto a recoger.
Gerarld
Prince acuña los conceptos de la acción en mínimas o complejas, y
de una u otra depende la cantidad de sucesos que se influyan. Es
decir, una acción mínima, para Prince, es aquella que dispone de
dos estados (dígase estado, dígase personaje y /o cosa) en los que
un acontecimiento les enlaza: Julio
subía en ascensor, el ascensor se detuvo de repente, pero vino Jaime
y le rescató.
Ejemplo básico como básica sería un acción mínima. En Deseos
las acciones mínimas se nos desvelan en la contraportada del libro1
como un anzuelo a la pesca del lector curioso: «Una
violación, una muerte inesperada, un accidente».
Son éstas las que «conmocionan
a la ciudad, aparentemente tranquila»,
es decir, son las historias mínimas las que trastocan el universo
afable en una radiografía oscurísima de las vidas de Constanza,
Consuelo, Amalia, Blanquita, etc...
Sin
estos acontecimientos, sin una historia mínima que altere el suceder
de los días, ninguna novela tendría sentido. Prince desarrolla su
estudio en una base lógica, cada una de estas acciones mínimas irán
conformando una historia
compleja.
En Deseos
poco importa qué ocasionó el accidente, o de qué murió Juanma o
inclusó qué ocurre con Conchi después de ser violada. Lo que
trasciende de todas esas acciones es la introspección que produce en
cada personaje, es todo lo que consiguen desencadenar en ellos, todo
lo que se nos desvela gracias a que esas acciones simples han
ocurrido. La historia compleja sería pues, todo el discurso de
Deseos.
Mayoral va armando poco a poco el puzle de Brétema.
Pero,
una vez tenemos claro que Mayoral diferencia y enlaza a la perfección
dichos conceptos, es inevitable que emerjan a la superficie las
preguntas: ¿Por qué la necesidad de unos hechos tan "triviales",
casi como de diario de sucesos o de prensa rosa? ¿No podría haber
llevado a cabo la introspección y psicología del personaje él, sin
más, con técnicas tan conocidas como el monólogo interior en
primera persona? Las respuestas se nos antojan evidentes: pues porque
no tendría esa apariencia de novela de acción mezclada con un poco
de la sentimental; o porque, por otro lado, hubiese sido un ejercicio
muy diferente a la creación ficcional. Indagar por indagar en el
alma de unos personajes a los que no les ocurre nada en su presente,
debe resultar una tarea como mínimo soporífera, y la ficción, es
decir, aquella realidad que vulnera el escritor -novelista,
cuentista- a su antojo para hacerla la culpable de que el personaje
llegue a querer trocar su vida, es lo que verdaderamente mueve al
lector, y ya no digamos al autor, a querer divagar por cuantas
páginas en la psicología de los protagonistas. Pero, entonces, cómo
dar con la clave para que las vidas de los vecinos de Brétema
convulsionen y ese día no sea uno más, y sobre todo, cómo
conseguir que esa realidad ficcionada llegue al lector como eso, una
realidad verosímil. Para ello, Dannenberg, justifica los conceptos
princetinianos mediante el encadenamiento feroz que ofrece la
coincidencia.
En Deseos
la coincidencia enlaza perfectamente el universo espaciotemporal de
todos los personajes y esos acontecimientos, tan simples a primera
vista, relaciona a unos con otros por el mero existir del azar. Y de
no ser así, entonces cómo se explica que a Blanquita le de también
por levantarse a las 6:30 de la mañana, o por qué su padre Dictino
está a esa hora ya trabajando, ¡Ah! ¡Claro! es que tiene que
terminar el trabajo prometido a Héctor Monterroso. Y este último es
el personaje que causa la unión por enlace, como un hilo del que se
tira y va descosiendo el presente de todos ellos como de deshace un
ovillo. Héctor es la imagen del azar calculado, milimétricamente
estudiado por Mayoral para conseguir descubrir ante nosotros la
profundidad en la que toda vida está sumergida. El azar es una
herramienta más. Gracias a él se producen los encuentros que
provocan el tsunami introspectivo. Entonces, ahora la cuestión es
cómo se nos narran esos encuentros y cómo se nos cuenta lo que
desembocan.
Las
técnicas narrativas utilizadas por Mayoral las definiremos por el
factor del orden, y tendremos en cuenta cómo, en el relato
aparentemente caótico de flujos de pensamientos, existe un orden
informativo capaz de unir vidas y entramar relaciones -y de
retomarlas-.
Las
alteraciones temporales expuestas por el relato llevan consigo
siempre una carga escondida de alteraciones de acontecimientos. Es
decir, cada vez que uno de los personajes divaga por sus recuerdos en
un paréntesis palpable de la realidad ficcional, inmediatamente le
siguen unos hechos que evidentemente son el resultado de esos
pensamientos. Si Constanza tenía la necesidad de hablar con los
difuntos por qué iba a hacerlo sino más que para cambiar su
realidad. Las alteraciones temporales se dan no sólo en el marco de
los acontecimientos, sino también en los elementos lingüísticos
empleados. La retrospección se produce gracias a un presente de
indicativo. Curioso como mínimo. El hecho de que se nos haga saber
del pasado mediante un monólogo interior -nada inusual- pero,
narrado en segunda persona -¡Eureca!-
y además en presente, -¡Doblemente
eureca!-
es la labor que más embauca al lector. La corriente de pensamientos
se hace más creíble si se transmite tal y como normalmente solemos
hablarnos a nosotros mismos. Lingüísticamente no cabe duda que
Mayoral consigue que vayamos dando saltos de un mundo a otro, de un
momento a otro, y lo consigue gracias a la elección de las voces tan
diferenciadas. Al hablar el personaje consigo mismo, se nos narra de
la forma que antes hemos dicho: segunda persona del singular del
presente de indicativo; pero, al recordar, al rememorar su pasado,
hace un uso también de la segunda persona pero esta vez con
pretéritos. De este modo, la retrospección
se consigue irrevocablemente, y se hace aún más presente gracias a
que esas horas concretas toman la forma de la técnica ab
ovo,
desde el huevo, desde el inicio hasta el final: desde las 6:30 de la
mañana a la 1 de la madrugada del día siguiente. Con todo ello,
Mayoral consigue una analogía causal entre lo cronológico -los
recuerdos y el presente- y entre las causas y consecuencias de sus
actos en la vida.
Progresivamente,
tanto y como Héctor Monterroso se desliza por esa calle unificadora
de vidas en Brétema, vamos nosotros transcurriendo en cada una de
las ventanas de sus presentes. La coincidencia antes mencionada se
hace más tangible si observamos que, a la misma hora, todos observan
a Héctor, todos y cada uno de ellos desvían sus pensamientos hacia
él pero es él el ovo
que nos llevará a la analepsis. Osease, que el ojo de cámara que
nos conduce a los planos en las habitaciones de los personajes
mirando a través de sus ventanas la imagen de Héctor es el
detonante de que ese ojo de cámara de repente deje de serlo y se
transforme en los ojos del personaje en sí. Cuando Blanquita ve a
Héctor, se pregunta de dónde vendrá y a partir de ese momento
empieza a desnudar sus pensamientos sobre sus padres y el futuro de
su carrera.
CONCLUSIONES
Poco
a poco esas ventanas, que son tomadas por el lector como
presentaciones corteses, casi de protocolo, van derivando
consecuentemente en un clímax en el que los sucesos alcanzan su
objetivo: que a partir de ellos todo cambie, que nada vuelva a ser
igual. Esto es, el nudo de la acción, lo más importante de toda
historia, se concentra entre las 11.00h y las 14.00h: todo queda
abierto, la intriga reconcome al lector, lo hace querer seguir.
Mayoral ha llegado al punto clave donde todo lo que ocurra a partir
de esas horas cambiará el destino de sus vidas. Pero, la forma de
desenlazar todo es paulatina, lógicamente temporal. Los recuerdos
van perdiendo su relevancia. Sólo fueron una mera estrategia de la
autora para hacernos saber cómo habían llegado a ese día: por qué
Consu estaba tan sola, o Blanquita tan ensimismada, o Dictino es tan
trabajador. Es a partir de entonces cuando los hechos en cuestión,
violación , accidente, muerte, son los relevantes, los que conducen
a las decisiones finales. El desenlace es pues la resolución y la
finalización de todo lo que llegaron a plantearse sobre su vida.
1.
Mayoral, Marina: Deseos,
Madrid, Alfaguara, 2011.
Bibliografía
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