Tiempo y tiempos en Deseos
Christian Snoey Abadías
Grado de Lengua y Literatura Hispánicas
Introducción
Desde el momento en que el lector
accede al texto surgen los interrogantes: ¿Por qué el título de los capítulos
son distintas horas del día? ¿Por qué el tiempo cobra tanta relevancia? Estas
peculiaridades son altamente significativas, puesto que Deseos, de Marina Mayoral, destaca, entre otros aspectos, por la
manera en que juega con el tiempo. La acción principal de la novela se condensa
en un día, desde las 06.30 h de la mañana hasta la 01.00 h del día siguiente;
concretamente, esa fecha es el 12 de octubre de 1982, pero, obviamente, este
tiempo es figurado o literario; es decir, creado por la ficción. Durante este
largo día, la aparente tranquilidad de Brétema —pueblo inventado por la
imaginación de la autora— se tambalea por una serie de acontecimientos: la
violación brutal de una joven, la extraña muerte de Juanma y, finalmente, un
accidente de tráfico. Sin embargo, la trama de la novela se extiende más allá
de estas fronteras, ya que en este marco aparecen con viveza las diferentes vidas
de los múltiples personajes: su pasado, sus deseos, sus vaivenes, en
definitiva, aquello que configura su ser.
Como
han señalado numerosos estudiosos, el tiempo es un factor fundamental de la
novela. Cada época lo concibe, lo siente, lo trata, se enfrenta a él de maneras
distintas. En Deseos puede analizarse
desde diversas perspectivas: desde el estructuralismo la narratología se ha
centrado en deshilar los diferentes componentes de su estructura; no obstante,
tal procedimiento no resuelve los interrogantes ni se aproxima a su
profundidad. El tiempo no es uno ni homogéneo, y si en la vida se muestra en
toda su complejidad, en el relato todavía más. Para dar cuenta de ello se
requiere una aproximación filosófica, que, como se apreciará, se adapta al
estudio de esta novela. Por tanto, ambos enfoques se complementarán para
pretender alcanzar las capas más hondas de su composición.
Se
analizará, en primer lugar, su entronque existencial; para ello se aplicarán
las teorías del filósofo Henri Bergson, puesto que, como se apreciará, su
dicotomía temporal se refleja con claridad en esta novela. En segundo lugar, se
deshilarán los procedimientos técnicos, estructurales y estilísticos que ha
empleado para su composición. Y, finalmente, se establecerán minuciosamente las
marcas temporales externas e internas que crean la sucesión temporal.
Tiempo y tiempos
Las reflexiones sobre el tiempo surgen
tempranamente en el pensamiento del ser humano. En nuestra tradición destacan
las que íntimamente plasma San Agustín de Hipona en el Libro XI de sus Confesiones. Después de departir
hondamente acerca de la naturaleza del
presente, del pasado y del futuro concluye que «Es en tu, esperit meu,
que mesuro el temps»[1]. Esta aseveración implica
que la existencia y la continuidad del tiempo residen en el interior, desde
donde se pueden abarcar el pasado y el futuro —procedimiento que el autor
denomina distentio animi—.
En la filosofía moderna resurge con fuerza la
preocupación por el tiempo, especialmente en Henri Bergson[2], quien distingue netamente
el tiempo exterior del interior. El primero es el espacializado o físico, y por
ello falsificado; el segundo, en cambio, es el auténtico, puesto que es la
duración —concepto fundamental de su filosofía: la durée— de la vida
interior de la conciencia. Este último permite ahondar en la verdadera
realidad, que se entiende como el mundo interior, formado por un constante
fluir. A su vez, Husserl propone una teoría similar a la del anterior, pues
opone el tiempo fenomenológico al objetivo. Finalmente, Heidegger también
centra su interés en el tiempo interior, debido a que del ser emana la
temporalidad. Por tanto, de estas teorías se infiere que cada individuo siente
y organiza el tiempo; es decir, es en él donde reside su medida.
La dicotomía bergsoniana
se aprecia con claridad en Deseos:
pueden establecerse en la novela dos capas netamente separadas pero a la vez
interrelacionadas. Por un lado, se halla el tiempo exterior, objetivo o del
reloj, que se corresponde con el de la trama, es decir, las horas de ese día en
que transcurre la acción, y viene
marcado por el narrador en tercera persona. Por otro lado, surge el tiempo
interior o subjetivo, el de la conciencia; este se corresponde con los
personajes, puesto que entablan un soliloquio consigo mismos. Este tiempo está
ligado a sus apreciaciones subjetivas, pero sobre todo al pasado, a sus
recuerdos, a sus vivencias y especialmente a sus deseos, unas veces
satisfechos, otras frustrados, en ocasiones inconfesables y hasta vergonzantes.
Por tanto, los personajes, como instancias narrativas, son voces y tiempos.
Además, de la combinación de ambos tiempos surge la sucesión temporal: se
aprecia un constante fluir que se desplaza desde el exterior —narrador en
tercera persona— al interior—soliloquios—; así, mientras los personajes
dialogan consigo mismos el tiempo va corriendo.
Resulta significativo que
al final del primer capítulo se halle una reflexión de Dictino sobre el tiempo:
después de oír las campanas de la catedral señala que, por estar tan
concentrado en su trabajo y en sus pensamientos, el tiempo ha pasado tan rápido
que no sabe determinar qué hora es. Por tanto, desde el primer capítulo se
indica ya la percepción subjetiva del tiempo:
¿Tres cuartos para las ocho o para las
nueves? Cuando haces talla se te van las horas sin sentir, y no te gusta llevar
reloj, no te gusta contar las horas, de eso ya se encarga Amalia.[3]
El
tiempo, pues, va ligado a las voces narrativas, ya que estas lo organizan. La
primera instancia narrativa que aparece es el narrador en tercera persona, que
ostenta la peculiaridad de no intervenir: solamente se limita a describir
indicaciones temporales, el espacio y gestos y actitudes de los personajes. Su
grado de alejamiento es tal que incluso, en ocasiones, no asevera, sino que
insinúa, debido a que no se introduce en la mente de los personajes, por lo que
se hallan citas como esta: «Parece nerviosa»[4]. En segundo lugar, se
hallan los diálogos que entablan consigo mismos los personajes, en segunda
persona, por ejemplo: «Vamos, Etelvina de Silva, resumamos la situación»[5] o «Si te das prisa estarás
en el comedor antes de que terminen»[6]. Mediante estos
soliloquios se consigue que los personajes profundicen en sí mismos, que
ahonden en el enigma de su vida. Así, se crea un ir y venir de temas que se
repiten, se reformulan, se amplían con el fin de reproducir el diálogo con uno
mismo y, en cierto sentido, el fluir de la mente, sin llegar a ser monólogo
interior o «stream of consciousness». Los temas que emanan de sus reflexiones
son variados, pues no solo retroceden en el tiempo para analizar distintos
sucesos de su vida, sino que también ofrecen indicaciones temporales u opinan
sobre acontecimientos y personajes de Brétema. En tercer lugar, también se
encuentran capítulos o escenas formados por diálogos entre personajes; en este
sentido destacan las páginas dedicadas a Etelvina y a Constanza. Los capítulos
de la primera son especialmente complejos técnicamente, pues remiten al pasado
mediante conservaciones entre ella y Germán grabadas en cintas que ella reproduce;
por tanto, se emplea un tipo de analepsis novedoso y original. Constanza, por
otro lado, acude durante ese día en dos ocasiones al cementerio para hablar con
su difunto esposo, Pedro, y con el también fallecido Hermes, quien personifica
su deseo; estos diálogos resultan intrigantes debido a que ellos no le pueden
responder, pero ella recibe contestación.
Estructura temporal
Los capítulos dedicados a Etelvina[7] resultan, desde una
perspectiva filológica, altamente interesantes, pues, además de incluir
referencias literarias a otros escritores como Unamuno, Cernuda o Emilia Pardo
Bazán, son metaliterarios, es decir, se reflexiona sobre la teoría y la práctica
de la escritura literaria. Incluso se halla destacadamente un diálogo entre la
obra que Etelvina escribe, la Historia de
La Braña, y Deseos, puesto que en
un momento dado este personaje dice cómo componer estructuralmente una novela,
y ese molde es el mismo que sigue Deseos:
«Escribe una cosa detrás de la otra, clarito y seguido; organízalo por fechas y
por personas. En la Braña ha habido siempre mucha gente»[8] le recomienda su tía
abuela Ana Luz. Como puede apreciarse, en estas palabras está la novela de
Marina Mayoral, por lo que los límites entre realidad y ficción se difuminan
con este guiño.
Novelistas
como Balzac, Fluabert o Tolstoi muestran la evolución de los personajes a lo
largo de toda una vida; en ocasiones incluso abarcan generaciones. La acción de
Deseos, en cambio, transcurre durante
un día. A partir del siglo XX la novela comienza a recibir nuevos tratamientos,
entre los cuales destaca la reducción temporal[9]; es decir, el novelista no
acomete la empresa de abarcar toda una vida, sino que la acción transcurre en
pocas horas o en un día, como en el caso de la obra de Marina Mayoral. Mediante
este procedimiento se consigue que el tiempo adquiera mayor preminencia y,
especialmente, se percibe su duración de manera destacada. No obstante, pese a
que se reduzca el tiempo de la trama, este se amplía extendiéndose hacia el
pasado mediante analepsis, lo que genera que la linealidad cronológica se
rompa. A causa de esta reducción se propicia un ritmo narrativo lento,
acentuado, además, en este caso, por el insistente sonido de fondo de las
campanas del reloj de la catedral.
El
principal problema que plantea una novela construida a partir de tantos
personajes es el de su unidad; para solventarlo se acude a una serie de
procedimientos. El elemento fundamental que otorga coherencia es el tiempo,
puesto que la acción queda enmarcada entre las 6.30 h y la 01.00 h del día
siguiente. Otro factor cohesionador es el espacio, Brétema, pues en él suceden
unos acontecimientos de los que los personajes participan, ya sea como
afectados, como observadores o solo como transmisores. Además, este pueblo
infunde en el carácter de los personajes un halo idiosincrásico, pues es un
paisaje taciturno, ceniciento, lluvioso y poblado por la niebla —Brétema en
gallego significa ‘niebla’—. También se consigue unidad gracias a la
simultaneidad; el ejemplo más destacado es cuando, en el inicio de la novela, a
las 6.30 h, Dictino, Consuelo, Blanquita, Amalia, Miguel y Etelvina ven a
Héctor Monterroso descendiendo la calle y se interrogan acerca de dónde y con
quién habrá pasado la noche. La simultaneidad de la acción es una de las
características más destacadas de Deseos,
que se resuelve enmarcando a los múltiples personajes en las distintas horas,
pues, como constata Borges en El Aleph,
el lenguaje es sucesivo; pese a ello, el lector es conocedor de que lo que lee
sucede a la vez, pero visto desde otra perspectiva. Y, finalmente, otro factor
fundamental que cohesiona la novela temáticamente son, sin duda, los deseos.
Como se ha señalado, el tiempo cumple una función
cohesionadora: el sonido de las campanas marca el inexorable paso de las horas;
sin embargo, esta no es la única función que cumplen, pues atesoran un valor
simbólico. Por un lado, recuerdan el irreparable paso del tiempo y, por otro
lado, se asocian con la muerte. Concretamente, mueren dos personajes, Juanma y
uno de los hombres que violan a la joven. En Deseos resuena constantemente el doblar de las campanas: el tiempo
pesa, es palpable, persistente, no cae en el olvido.
La
novela sucede sobre todo en la mente de los personajes, enraizada en el tiempo
interior, psicológico, subjetivo; por ello, se remite constantemente al pasado
gracias al poder actualizador de la consciencia, pues en él se encuentran el
origen de sus deseos y aquello que, en definitiva, les constituye. Así, el
relato se fundamenta en la técnica de la analepsis o retrospección, que se
presenta bajo distintas formas. Según el modelo presentado por Gérard Genette[10], las analepsis —que en el
análisis del crítico francés, forman parte de la primera de las tres
dimensiones temporales, el orden—
pueden ser externas, internas y mixtas: las tres se hallan en Deseos. Las del primer tipo son aquellas
cuyo origen se encuentra antes del inicio de la novela: los diálogos de los
personajes consigo mismos se construyen principalmente mediante esta modalidad,
puesto que, en primer lugar, la obra dura solo un día y, en segundo lugar,
porque todos los personajes se remontan a su pasado para analizarse, y confesarse,
reconocerse y cuestionarse las causas de su estado actual, consecuencia de sus
deseos. Por tanto, los ejemplos son numerosos: Consuelo recuerda su juventud,
pues en esa época nació su hondo amor por Juanma y también su desgracia actual,
ya que la culpabilidad de haber anhelado un accidente de este para, así,
cuidarlo asola su vida. Amalia recuerda que, movida por su ansia de ser madre,
sedujo a Dictino superando sus dificultades con el sexo. Constanza, a su vez,
revive, en el cementerio, el recuerdo —y vive de él— de sus dos grandes amores
y reconstruye su vida desde su infancia. Destacan por su complejidad las
retrospecciones de los capítulos de Etelvina, puesto que se crea un sutil juego
de intertextualidad fruto de la creación de una universo literario hogareño
plagado de connotaciones e hilos que el lector ha de enlazar. Etelvina alude a
que con dieciséis años investigó la sospechosa muerte de Inmaculada de Silva,
una antepasada suya, y se pregunta: «¿Dónde se quedaron las notas que
escribiste entonces? Te vendría bien disponer de aquel diario?»[11] Concretamente esta parte
de su pasado se encuentra en otra novela de Marina Mayoral: ¿Quién mató a Inmaculada de Silva?. En
su intervención de las 14.00 h aparece una parte oscura de su vida que ella
prefiere silenciar de la Historia de La
Braña, sus amores con Toño, que se narran en La única libertad, donde también aparecen las tías abuelas. Finalmente,
en los soliloquios de otros personajes como Amalia o Blanquita también aparecen
referencias a las difuntas y antitéticas Helena y Blanca, pero su presencia
cobra mayor relevancia en los capítulos de Etelvina, pues, además, está
concluyendo la Historia de Blanca y
Helena; sin embargo, su historia se cuenta en Recóndita armonía, por lo que la obra ficticia de Etelvina la
reabre, completa y amplía desde otra perspectiva. Este juego de
intertextualidad se explicita mediante notas al pie de página que remiten a las
ediciones publicadas. De Etelvina, además de hallar metaliteratura, se puede
inferir una de las posturas del escritor frente a la literatura, pues ella
busca respuestas para sus preocupaciones en las historias de los demás.
El
segundo tipo de analepsis son las internas, es de decir, aquellas cuyo alcance
se extiende dentro del relato base. Son menos abundantes, pero no por ello
menos importantes, puesto que esta clase de retrospección se emplea para narrar
los acontecimientos principales de la trama. En el centro del día, se pasa de
las tres de la tarde —«Suenan en el reloj de la catedral las tres de la tarde»—[12] a las seis; sin embargo,
ese espacio temporal se llena con una analepsis interna que surge de una
conversación entre Miguel y su madre: «A las cuatro y media, después del
esquilón que llama al coro en la catedral tocaron a muerto»[13]. Poco después se aclara
que quién ha muerto, como se había dejado entrever con anterioridad, es el
marido de Consuelo; por tanto, esta retrospección explica un hecho crucial de
la trama. Otro ejemplo semejante se da en el capítulo dedicado a Blanquita a
las 20.00 h: en él, su amiga Inés le cuenta, empleando una analepsis, que Miro
lleva a la Guardia Civil al lugar de la violación; casualmente los presuntos criminales
se acercaron también allí, por lo que se inició una persecución que finaliza
cuando el coche de los violadores se sale de la carretera y Adolfo, el
conductor, muere aplastado.
El
último tipo de analepsis son las mixtas: se inician antes del tiempo del relato
base, pero finalizan en él. En Deseos
esta formulación se emplea para aludir a hechos acaecidos la noche anterior y
cuyo término se halla en el día de la acción principal. Se da especialmente en
los capítulos de Miguel, pues en el que corresponde a las 06.30 h se narra todo
el episodio de la violación de la joven, desde su inicio hasta que Miro la trae
junto a su hermana pequeña al ambulatorio:
Perdone
que la llame a estas horas. ¿La he despertado?… Edelmiro, el de los
transportes, ha traído a una chica, la encontró en A Revolta, entre zarzas, la
han violado, casi seguro, tiene rota la ropa, y le han dado una paliza.[14]
El
uso de los tiempos verbales es, también, destacado, ya que varía en función de
las voces narrativas. El narrador en tercera persona solo emplea el presente de
indicativo, pues, como se ha señalado, se limita a describir. Los personajes,
en cambio, gozan de mayor libertad, puesto que emplean los tiempos de pretérito
para referirse a su pasado; no obstante, en sus soliloquios también prolifera
el presente en distinta modalidades. La más destacada de ellas es cuando los
personajes emplean este tiempo verbal para narrar un acontecimiento pasado,
pues relatándolo en presente cobra viveza y cercanía; por ejemplo, en el primer
capítulo de Dictino:
Doña
Constanza se rió de esa manera suya, echa la cabeza hacia atrás y le palpita el
cuello que parece marfil entre los rizos rojos y se le ven todos los dientes
tan blancos y brillantes[15]
Indicadores temporales explícitos e
implícitos
El tiempo adquiere una fuerte
presencia a lo largo de toda la novela; constantemente, tanto la voz del
narrador como los personajes insisten en él. Así, se contribuye a la veracidad
del relato, pues las indicaciones son tan precisas que permiten crear un
entramado casi visible. Son diversas las formas en que puede presentarse el
paso del tiempo en la acción, por lo que cabe distinguir entre referencias
temporales explícitas e implícitas. Las primeras aluden al tiempo indicado
mediante el reloj: sin duda, este tipo de indicadores son estructuradores de la
obra, ya que las horas titulan los capítulos; por tanto su papel es destacado.
Además, se indica constantemente la hora mediante las campanadas del reloj, por
lo que tanto los personajes como el lector son conscientes del paso del tiempo
y de su peso. Por tanto, los ejemplos proliferan: «Suenan en el reloj de la
catedral cuatro cuartos y doce campanadas»[16] o:
Se oye el crujido de la puerta del taller y
enseguida dos campanas de los cuartos en el reloj de la catedral. […] Vuelve la
cabeza para mirar el reloj de la mesilla: las seis y media.[17]
Los indicadores temporales implícitos adquieren formas
más variadas y ricas en matices, puesto que en esta novela se hallan relacionados
con la modificación del paisaje y con costumbres sociales; además, el contexto
de un pueblo permite juegos de esta índole. Por ello, se describe el amanecer
en numerosas ocasiones en los primeros capítulos correspondientes a las 6.30:
«una luz tenue, rosada, ilumina el cielo por encima del monte»[18] o «En las ventanas de las
casas de enfrente se refleja un resplandor rosado. Está ya amaneciendo»[19]. Constanza acude por segunda
vez en ese día al cementerio a las seis de la tarde, por lo que en ese capítulo
se encuentran indicaciones del atardecer: «La luz del ocaso hace más intenso el
rojo de los mechones que rodean su cara»[20] o «Entre las nubes de
suave color malva se ve un lucero»[21]. Finalmente, en los
capítulos correspondientes a las 00.00 h, se alude a la luz proveniente de las
casas vecinas para resaltar, por contraste, la oscuridad de la calle: «A través
de los cristales del amplio ventanal de dos hojas se ven las ventanas de la
casa de enfrente, iluminadas»[22]. El juego entre luz y
oscuridad es otro de los indicadores implícitos que abundan en Deseos, debido a que en el inicio y en
el final la luz de las farolas contribuye a crear el marco temporal: «Limpia
con la mano el vidrio empañado y mira hacia afuera: el cielo es aún negro y los
faroles están encendidos»[23].
Se
ha señalado que las campanadas de la catedral forman parte de los indicadores
explícitos; sin embargo, pese indicar la hora con precisión, en cierto sentido
también participan de los implícitos, ya que son costumbres sociales que solo
perduran en los pueblos, como el imaginario Brétema. Dentro de estos hábitos
culturales destaca el sonido de las campanas tocando a maitines en el segmento
final de la novela correspondiente a las 00.00 h; es decir, la llamada a la
primera de las horas canónicas que se reza antes de que amanezca. Por tanto,
suenan a la 01.00 h de la madrugada. Al final de Deseos, el sonido de estas campanas, sumadas a las de la catedral,
se escucha con insistencia, a causa de la repetición en distintos capítulos
originada por la simultaneidad, para enfatizar la idea de que se inicia un
nuevo día y, por tano, que el desastroso día anterior ha quedado atrás. Por
ello, la novela concluye de esta manera, dejando su sonido perpetuándose en los
oídos del lector:
En
el reloj de la catedral se oyen cuatro cuartos y una hora. La campana del
convento de las monjas enclaustradas toca a maitines. Comienza un nuevo día.[24]
Cabe destacar que las
indicaciones temporales se disponen principalmente en el inicio de los
capítulos para crear el marco en el imaginario del lector, y al final, donde se
suelen destacar las campanadas, para ganar en contundencia y dejar resonando en
los oídos el peso de su eco.
Conclusiones
En el relato se crea un tiempo de
ficción, pero a través de la plasmación del fluir temporal subjetivo la obra de
imaginación entronca con la existencia, pues en la base de la concepción de la
novela se halla la cuestión de ahondar en el eterno —y por ello fuente de
literatura— enigma del individuo, cuyo tiempo es una parte constitutiva.
Siguiendo a Bergson, la
experiencia de la percepción del tiempo es doble. Así, en Deseos, paralelamente a los golpes envolventes de las campanadas
que marcan el lento y trágico andar del día, el tiempo subjetivo o psicológico
transporta a los personajes a la vivencia interior de sus vaivenes pretéritos,
de las paradas insoslayables de su existencia. Este enfoque filosófico
combinado con un estudio de las técnicas y del estilo abarca las connotaciones
que se extienden ante el lector. Desmenuzando los hilos que urden, en ocasiones
secretamente y en otras palpablemente, la novela, se esclarece la gran
elaboración temporal que sustenta la trama y la psicología de los personajes.
Bibliografía
BERGSON, Henri: Assaig sobre les dades inmediates de
la consciencia. La intüició filosòfica, Barcelona, Edicions 62, 1991.
GARRIDO DOMÍNGUEZ, Antonio: «El tiempo
narrativo» en El texto narrativo.
Madrid, Síntesis, 1993, pp. 157-206.
GENETTE, Gérard: Figuras III, Barcelona, Lumen, 1989.
HIPONA, San Agustín de: «Llibre onzè»
en Confessions. Barcelona, Proa,
2007, pp. 319-354.
MAYORAL, Marina: Deseos, Madrid, Alfaguara, 2011.
VILLANUEVA, Darío: «La estructura de
la novela» y «La renovación de la novela en el S. XX» en Estructura y tiempo reducido en la novela. Valencia, Bello, 1977,
pp. 9-41 y 42-76.
[1] DE
HIPONA, San Agustín: Confessions, p.
350.
[2] La
huella de este pensador es notable en la literatura española; por ejemplo en la
poesía de Antonio Machado o de Helena Martín Vivaldi.
[3] MAYORAL,
Marina: Deseos, p. 24.
[4] Ib., pp. 269-270.
[5] Ib., p. 108.
[6] Ib., p. 111.
[7] Etelvina
de Silva es la narradora de otra novela de Marina Mayoral, ¿Quién mató a Inmaculada de Silva? Esta es otra de las
peculiaridades de Deseos: la
aparición de personajes de obras anteriores de la autora, lo que crea un
universo propio e íntimo.
[8] Ib., p. 97.
[9]
VILLANUEVA, Darío: Estructura y tiempo
reducido en la novela, p. 64.
[10]
GENETTE, Gérard: Figuras III. De las
propuestas del crítico francés solamente se toma lo pertinente y más
significativo para el análisis de esta novela.
[11]
MAYORAL, Marina: Op. Cit., p. 98.
[12] Ib., p. 246.
[13]Ib., p. 258.
[14] Ib., p. 83.
[15] Ib., p. 15.
[16] Ib., p. 330.
[17] Ib., p. 42.
[18] Ib., p. 11.
[19] Ib., p. 25.
[20] Ib., p. 276.
[21] Ib., p. 282.
[22] Ib., p. 285.
[23] Ib., p. 25.
[24] Ib., p. 352.