23 abr 2012

Tiempo y tiempos en Deseos


Tiempo y tiempos en Deseos
                                                                                                  
                                                                                        Christian Snoey Abadías
                                                                       Grado de Lengua y Literatura Hispánicas

Introducción

Desde el momento en que el lector accede al texto surgen los interrogantes: ¿Por qué el título de los capítulos son distintas horas del día? ¿Por qué el tiempo cobra tanta relevancia? Estas peculiaridades son altamente significativas, puesto que Deseos, de Marina Mayoral, destaca, entre otros aspectos, por la manera en que juega con el tiempo. La acción principal de la novela se condensa en un día, desde las 06.30 h de la mañana hasta la 01.00 h del día siguiente; concretamente, esa fecha es el 12 de octubre de 1982, pero, obviamente, este tiempo es figurado o literario; es decir, creado por la ficción. Durante este largo día, la aparente tranquilidad de Brétema —pueblo inventado por la imaginación de la autora— se tambalea por una serie de acontecimientos: la violación brutal de una joven, la extraña muerte de Juanma y, finalmente, un accidente de tráfico. Sin embargo, la trama de la novela se extiende más allá de estas fronteras, ya que en este marco aparecen con viveza las diferentes vidas de los múltiples personajes: su pasado, sus deseos, sus vaivenes, en definitiva, aquello que configura su ser.
            Como han señalado numerosos estudiosos, el tiempo es un factor fundamental de la novela. Cada época lo concibe, lo siente, lo trata, se enfrenta a él de maneras distintas. En Deseos puede analizarse desde diversas perspectivas: desde el estructuralismo la narratología se ha centrado en deshilar los diferentes componentes de su estructura; no obstante, tal procedimiento no resuelve los interrogantes ni se aproxima a su profundidad. El tiempo no es uno ni homogéneo, y si en la vida se muestra en toda su complejidad, en el relato todavía más. Para dar cuenta de ello se requiere una aproximación filosófica, que, como se apreciará, se adapta al estudio de esta novela. Por tanto, ambos enfoques se complementarán para pretender alcanzar las capas más hondas de su composición.
            Se analizará, en primer lugar, su entronque existencial; para ello se aplicarán las teorías del filósofo Henri Bergson, puesto que, como se apreciará, su dicotomía temporal se refleja con claridad en esta novela. En segundo lugar, se deshilarán los procedimientos técnicos, estructurales y estilísticos que ha empleado para su composición. Y, finalmente, se establecerán minuciosamente las marcas temporales externas e internas que crean la sucesión temporal.

Tiempo y tiempos

Las reflexiones sobre el tiempo surgen tempranamente en el pensamiento del ser humano. En nuestra tradición destacan las que íntimamente plasma San Agustín de Hipona en el Libro XI de sus Confesiones. Después de departir hondamente acerca de la naturaleza del  presente, del pasado y del futuro concluye que «Es en tu, esperit meu, que mesuro el temps»[1]. Esta aseveración implica que la existencia y la continuidad del tiempo residen en el interior, desde donde se pueden abarcar el pasado y el futuro —procedimiento que el autor denomina distentio animi—.
 En la filosofía moderna resurge con fuerza la preocupación por el tiempo, especialmente en Henri Bergson[2], quien distingue netamente el tiempo exterior del interior. El primero es el espacializado o físico, y por ello falsificado; el segundo, en cambio, es el auténtico, puesto que es la duración —concepto fundamental de su filosofía: la durée de la vida interior de la conciencia. Este último permite ahondar en la verdadera realidad, que se entiende como el mundo interior, formado por un constante fluir. A su vez, Husserl propone una teoría similar a la del anterior, pues opone el tiempo fenomenológico al objetivo. Finalmente, Heidegger también centra su interés en el tiempo interior, debido a que del ser emana la temporalidad. Por tanto, de estas teorías se infiere que cada individuo siente y organiza el tiempo; es decir, es en él donde reside su medida.
La dicotomía bergsoniana se aprecia con claridad en Deseos: pueden establecerse en la novela dos capas netamente separadas pero a la vez interrelacionadas. Por un lado, se halla el tiempo exterior, objetivo o del reloj, que se corresponde con el de la trama, es decir, las horas de ese día en que transcurre la acción,  y viene marcado por el narrador en tercera persona. Por otro lado, surge el tiempo interior o subjetivo, el de la conciencia; este se corresponde con los personajes, puesto que entablan un soliloquio consigo mismos. Este tiempo está ligado a sus apreciaciones subjetivas, pero sobre todo al pasado, a sus recuerdos, a sus vivencias y especialmente a sus deseos, unas veces satisfechos, otras frustrados, en ocasiones inconfesables y hasta vergonzantes. Por tanto, los personajes, como instancias narrativas, son voces y tiempos. Además, de la combinación de ambos tiempos surge la sucesión temporal: se aprecia un constante fluir que se desplaza desde el exterior —narrador en tercera persona— al interior—soliloquios—; así, mientras los personajes dialogan consigo mismos el tiempo va corriendo.
Resulta significativo que al final del primer capítulo se halle una reflexión de Dictino sobre el tiempo: después de oír las campanas de la catedral señala que, por estar tan concentrado en su trabajo y en sus pensamientos, el tiempo ha pasado tan rápido que no sabe determinar qué hora es. Por tanto, desde el primer capítulo se indica ya la percepción subjetiva del tiempo:
¿Tres cuartos para las ocho o para las nueves? Cuando haces talla se te van las horas sin sentir, y no te gusta llevar reloj, no te gusta contar las horas, de eso ya se encarga Amalia.[3]
            El tiempo, pues, va ligado a las voces narrativas, ya que estas lo organizan. La primera instancia narrativa que aparece es el narrador en tercera persona, que ostenta la peculiaridad de no intervenir: solamente se limita a describir indicaciones temporales, el espacio y gestos y actitudes de los personajes. Su grado de alejamiento es tal que incluso, en ocasiones, no asevera, sino que insinúa, debido a que no se introduce en la mente de los personajes, por lo que se hallan citas como esta: «Parece nerviosa»[4]. En segundo lugar, se hallan los diálogos que entablan consigo mismos los personajes, en segunda persona, por ejemplo: «Vamos, Etelvina de Silva, resumamos la situación»[5] o «Si te das prisa estarás en el comedor antes de que terminen»[6]. Mediante estos soliloquios se consigue que los personajes profundicen en sí mismos, que ahonden en el enigma de su vida. Así, se crea un ir y venir de temas que se repiten, se reformulan, se amplían con el fin de reproducir el diálogo con uno mismo y, en cierto sentido, el fluir de la mente, sin llegar a ser monólogo interior o «stream of consciousness». Los temas que emanan de sus reflexiones son variados, pues no solo retroceden en el tiempo para analizar distintos sucesos de su vida, sino que también ofrecen indicaciones temporales u opinan sobre acontecimientos y personajes de Brétema. En tercer lugar, también se encuentran capítulos o escenas formados por diálogos entre personajes; en este sentido destacan las páginas dedicadas a Etelvina y a Constanza. Los capítulos de la primera son especialmente complejos técnicamente, pues remiten al pasado mediante conservaciones entre ella y Germán grabadas en cintas que ella reproduce; por tanto, se emplea un tipo de analepsis novedoso y original. Constanza, por otro lado, acude durante ese día en dos ocasiones al cementerio para hablar con su difunto esposo, Pedro, y con el también fallecido Hermes, quien personifica su deseo; estos diálogos resultan intrigantes debido a que ellos no le pueden responder, pero ella recibe contestación.

Estructura temporal

Los capítulos dedicados a Etelvina[7] resultan, desde una perspectiva filológica, altamente interesantes, pues, además de incluir referencias literarias a otros escritores como Unamuno, Cernuda o Emilia Pardo Bazán, son metaliterarios, es decir, se reflexiona sobre la teoría y la práctica de la escritura literaria. Incluso se halla destacadamente un diálogo entre la obra que Etelvina escribe, la Historia de La Braña, y Deseos, puesto que en un momento dado este personaje dice cómo componer estructuralmente una novela, y ese molde es el mismo que sigue Deseos: «Escribe una cosa detrás de la otra, clarito y seguido; organízalo por fechas y por personas. En la Braña ha habido siempre mucha gente»[8] le recomienda su tía abuela Ana Luz. Como puede apreciarse, en estas palabras está la novela de Marina Mayoral, por lo que los límites entre realidad y ficción se difuminan con este guiño.
            Novelistas como Balzac, Fluabert o Tolstoi muestran la evolución de los personajes a lo largo de toda una vida; en ocasiones incluso abarcan generaciones. La acción de Deseos, en cambio, transcurre durante un día. A partir del siglo XX la novela comienza a recibir nuevos tratamientos, entre los cuales destaca la reducción temporal[9]; es decir, el novelista no acomete la empresa de abarcar toda una vida, sino que la acción transcurre en pocas horas o en un día, como en el caso de la obra de Marina Mayoral. Mediante este procedimiento se consigue que el tiempo adquiera mayor preminencia y, especialmente, se percibe su duración de manera destacada. No obstante, pese a que se reduzca el tiempo de la trama, este se amplía extendiéndose hacia el pasado mediante analepsis, lo que genera que la linealidad cronológica se rompa. A causa de esta reducción se propicia un ritmo narrativo lento, acentuado, además, en este caso, por el insistente sonido de fondo de las campanas del reloj de la catedral.
            El principal problema que plantea una novela construida a partir de tantos personajes es el de su unidad; para solventarlo se acude a una serie de procedimientos. El elemento fundamental que otorga coherencia es el tiempo, puesto que la acción queda enmarcada entre las 6.30 h y la 01.00 h del día siguiente. Otro factor cohesionador es el espacio, Brétema, pues en él suceden unos acontecimientos de los que los personajes participan, ya sea como afectados, como observadores o solo como transmisores. Además, este pueblo infunde en el carácter de los personajes un halo idiosincrásico, pues es un paisaje taciturno, ceniciento, lluvioso y poblado por la niebla —Brétema en gallego significa ‘niebla’—. También se consigue unidad gracias a la simultaneidad; el ejemplo más destacado es cuando, en el inicio de la novela, a las 6.30 h, Dictino, Consuelo, Blanquita, Amalia, Miguel y Etelvina ven a Héctor Monterroso descendiendo la calle y se interrogan acerca de dónde y con quién habrá pasado la noche. La simultaneidad de la acción es una de las características más destacadas de Deseos, que se resuelve enmarcando a los múltiples personajes en las distintas horas, pues, como constata Borges en El Aleph, el lenguaje es sucesivo; pese a ello, el lector es conocedor de que lo que lee sucede a la vez, pero visto desde otra perspectiva. Y, finalmente, otro factor fundamental que cohesiona la novela temáticamente son, sin duda, los deseos.
            Como se ha señalado, el tiempo cumple una función cohesionadora: el sonido de las campanas marca el inexorable paso de las horas; sin embargo, esta no es la única función que cumplen, pues atesoran un valor simbólico. Por un lado, recuerdan el irreparable paso del tiempo y, por otro lado, se asocian con la muerte. Concretamente, mueren dos personajes, Juanma y uno de los hombres que violan a la joven. En Deseos resuena constantemente el doblar de las campanas: el tiempo pesa, es palpable, persistente, no cae en el olvido.
            La novela sucede sobre todo en la mente de los personajes, enraizada en el tiempo interior, psicológico, subjetivo; por ello, se remite constantemente al pasado gracias al poder actualizador de la consciencia, pues en él se encuentran el origen de sus deseos y aquello que, en definitiva, les constituye. Así, el relato se fundamenta en la técnica de la analepsis o retrospección, que se presenta bajo distintas formas. Según el modelo presentado por Gérard Genette[10], las analepsis —que en el análisis del crítico francés, forman parte de la primera de las tres dimensiones temporales, el orden— pueden ser externas, internas y mixtas: las tres se hallan en Deseos. Las del primer tipo son aquellas cuyo origen se encuentra antes del inicio de la novela: los diálogos de los personajes consigo mismos se construyen principalmente mediante esta modalidad, puesto que, en primer lugar, la obra dura solo un día y, en segundo lugar, porque todos los personajes se remontan a su pasado para analizarse, y confesarse, reconocerse y cuestionarse las causas de su estado actual, consecuencia de sus deseos. Por tanto, los ejemplos son numerosos: Consuelo recuerda su juventud, pues en esa época nació su hondo amor por Juanma y también su desgracia actual, ya que la culpabilidad de haber anhelado un accidente de este para, así, cuidarlo asola su vida. Amalia recuerda que, movida por su ansia de ser madre, sedujo a Dictino superando sus dificultades con el sexo. Constanza, a su vez, revive, en el cementerio, el recuerdo —y vive de él— de sus dos grandes amores y reconstruye su vida desde su infancia. Destacan por su complejidad las retrospecciones de los capítulos de Etelvina, puesto que se crea un sutil juego de intertextualidad fruto de la creación de una universo literario hogareño plagado de connotaciones e hilos que el lector ha de enlazar. Etelvina alude a que con dieciséis años investigó la sospechosa muerte de Inmaculada de Silva, una antepasada suya, y se pregunta: «¿Dónde se quedaron las notas que escribiste entonces? Te vendría bien disponer de aquel diario?»[11] Concretamente esta parte de su pasado se encuentra en otra novela de Marina Mayoral: ¿Quién mató a Inmaculada de Silva?. En su intervención de las 14.00 h aparece una parte oscura de su vida que ella prefiere silenciar de la Historia de La Braña, sus amores con Toño, que se narran en La única libertad, donde también aparecen las tías abuelas. Finalmente, en los soliloquios de otros personajes como Amalia o Blanquita también aparecen referencias a las difuntas y antitéticas Helena y Blanca, pero su presencia cobra mayor relevancia en los capítulos de Etelvina, pues, además, está concluyendo la Historia de Blanca y Helena; sin embargo, su historia se cuenta en Recóndita armonía, por lo que la obra ficticia de Etelvina la reabre, completa y amplía desde otra perspectiva. Este juego de intertextualidad se explicita mediante notas al pie de página que remiten a las ediciones publicadas. De Etelvina, además de hallar metaliteratura, se puede inferir una de las posturas del escritor frente a la literatura, pues ella busca respuestas para sus preocupaciones en las historias de los demás.
            El segundo tipo de analepsis son las internas, es de decir, aquellas cuyo alcance se extiende dentro del relato base. Son menos abundantes, pero no por ello menos importantes, puesto que esta clase de retrospección se emplea para narrar los acontecimientos principales de la trama. En el centro del día, se pasa de las tres de la tarde —«Suenan en el reloj de la catedral las tres de la tarde»—[12] a las seis; sin embargo, ese espacio temporal se llena con una analepsis interna que surge de una conversación entre Miguel y su madre: «A las cuatro y media, después del esquilón que llama al coro en la catedral tocaron a muerto»[13]. Poco después se aclara que quién ha muerto, como se había dejado entrever con anterioridad, es el marido de Consuelo; por tanto, esta retrospección explica un hecho crucial de la trama. Otro ejemplo semejante se da en el capítulo dedicado a Blanquita a las 20.00 h: en él, su amiga Inés le cuenta, empleando una analepsis, que Miro lleva a la Guardia Civil al lugar de la violación; casualmente los presuntos criminales se acercaron también allí, por lo que se inició una persecución que finaliza cuando el coche de los violadores se sale de la carretera y Adolfo, el conductor, muere aplastado.
            El último tipo de analepsis son las mixtas: se inician antes del tiempo del relato base, pero finalizan en él. En Deseos esta formulación se emplea para aludir a hechos acaecidos la noche anterior y cuyo término se halla en el día de la acción principal. Se da especialmente en los capítulos de Miguel, pues en el que corresponde a las 06.30 h se narra todo el episodio de la violación de la joven, desde su inicio hasta que Miro la trae junto a su hermana pequeña al ambulatorio:
Perdone que la llame a estas horas. ¿La he despertado?… Edelmiro, el de los transportes, ha traído a una chica, la encontró en A Revolta, entre zarzas, la han violado, casi seguro, tiene rota la ropa, y le han dado una paliza.[14]
            El uso de los tiempos verbales es, también, destacado, ya que varía en función de las voces narrativas. El narrador en tercera persona solo emplea el presente de indicativo, pues, como se ha señalado, se limita a describir. Los personajes, en cambio, gozan de mayor libertad, puesto que emplean los tiempos de pretérito para referirse a su pasado; no obstante, en sus soliloquios también prolifera el presente en distinta modalidades. La más destacada de ellas es cuando los personajes emplean este tiempo verbal para narrar un acontecimiento pasado, pues relatándolo en presente cobra viveza y cercanía; por ejemplo, en el primer capítulo de Dictino: 
Doña Constanza se rió de esa manera suya, echa la cabeza hacia atrás y le palpita el cuello que parece marfil entre los rizos rojos y se le ven todos los dientes tan blancos y brillantes[15]


Indicadores temporales explícitos e implícitos

El tiempo adquiere una fuerte presencia a lo largo de toda la novela; constantemente, tanto la voz del narrador como los personajes insisten en él. Así, se contribuye a la veracidad del relato, pues las indicaciones son tan precisas que permiten crear un entramado casi visible. Son diversas las formas en que puede presentarse el paso del tiempo en la acción, por lo que cabe distinguir entre referencias temporales explícitas e implícitas. Las primeras aluden al tiempo indicado mediante el reloj: sin duda, este tipo de indicadores son estructuradores de la obra, ya que las horas titulan los capítulos; por tanto su papel es destacado. Además, se indica constantemente la hora mediante las campanadas del reloj, por lo que tanto los personajes como el lector son conscientes del paso del tiempo y de su peso. Por tanto, los ejemplos proliferan: «Suenan en el reloj de la catedral cuatro cuartos y doce campanadas»[16] o:
Se oye el crujido de la puerta del taller y enseguida dos campanas de los cuartos en el reloj de la catedral. […] Vuelve la cabeza para mirar el reloj de la mesilla: las seis y media.[17]
            Los indicadores temporales implícitos adquieren formas más variadas y ricas en matices, puesto que en esta novela se hallan relacionados con la modificación del paisaje y con costumbres sociales; además, el contexto de un pueblo permite juegos de esta índole. Por ello, se describe el amanecer en numerosas ocasiones en los primeros capítulos correspondientes a las 6.30: «una luz tenue, rosada, ilumina el cielo por encima del monte»[18] o «En las ventanas de las casas de enfrente se refleja un resplandor rosado. Está ya amaneciendo»[19]. Constanza acude por segunda vez en ese día al cementerio a las seis de la tarde, por lo que en ese capítulo se encuentran indicaciones del atardecer: «La luz del ocaso hace más intenso el rojo de los mechones que rodean su cara»[20] o «Entre las nubes de suave color malva se ve un lucero»[21]. Finalmente, en los capítulos correspondientes a las 00.00 h, se alude a la luz proveniente de las casas vecinas para resaltar, por contraste, la oscuridad de la calle: «A través de los cristales del amplio ventanal de dos hojas se ven las ventanas de la casa de enfrente, iluminadas»[22]. El juego entre luz y oscuridad es otro de los indicadores implícitos que abundan en Deseos, debido a que en el inicio y en el final la luz de las farolas contribuye a crear el marco temporal: «Limpia con la mano el vidrio empañado y mira hacia afuera: el cielo es aún negro y los faroles están encendidos»[23].
            Se ha señalado que las campanadas de la catedral forman parte de los indicadores explícitos; sin embargo, pese indicar la hora con precisión, en cierto sentido también participan de los implícitos, ya que son costumbres sociales que solo perduran en los pueblos, como el imaginario Brétema. Dentro de estos hábitos culturales destaca el sonido de las campanas tocando a maitines en el segmento final de la novela correspondiente a las 00.00 h; es decir, la llamada a la primera de las horas canónicas que se reza antes de que amanezca. Por tanto, suenan a la 01.00 h de la madrugada. Al final de Deseos, el sonido de estas campanas, sumadas a las de la catedral, se escucha con insistencia, a causa de la repetición en distintos capítulos originada por la simultaneidad, para enfatizar la idea de que se inicia un nuevo día y, por tano, que el desastroso día anterior ha quedado atrás. Por ello, la novela concluye de esta manera, dejando su sonido perpetuándose en los oídos del lector:
En el reloj de la catedral se oyen cuatro cuartos y una hora. La campana del convento de las monjas enclaustradas toca a maitines. Comienza un nuevo día.[24]
Cabe destacar que las indicaciones temporales se disponen principalmente en el inicio de los capítulos para crear el marco en el imaginario del lector, y al final, donde se suelen destacar las campanadas, para ganar en contundencia y dejar resonando en los oídos el peso de su eco.

Conclusiones

En el relato se crea un tiempo de ficción, pero a través de la plasmación del fluir temporal subjetivo la obra de imaginación entronca con la existencia, pues en la base de la concepción de la novela se halla la cuestión de ahondar en el eterno —y por ello fuente de literatura— enigma del individuo, cuyo tiempo es una parte constitutiva.
Siguiendo a Bergson, la experiencia de la percepción del tiempo es doble. Así, en Deseos, paralelamente a los golpes envolventes de las campanadas que marcan el lento y trágico andar del día, el tiempo subjetivo o psicológico transporta a los personajes a la vivencia interior de sus vaivenes pretéritos, de las paradas insoslayables de su existencia. Este enfoque filosófico combinado con un estudio de las técnicas y del estilo abarca las connotaciones que se extienden ante el lector. Desmenuzando los hilos que urden, en ocasiones secretamente y en otras palpablemente, la novela, se esclarece la gran elaboración temporal que sustenta la trama y la psicología de los personajes.

Bibliografía
BERGSON, Henri: Assaig sobre les dades inmediates de la consciencia. La intüició filosòfica, Barcelona, Edicions 62, 1991.
GARRIDO DOMÍNGUEZ, Antonio: «El tiempo narrativo» en El texto narrativo. Madrid, Síntesis, 1993, pp. 157-206.
GENETTE, Gérard: Figuras III, Barcelona, Lumen, 1989.
HIPONA, San Agustín de: «Llibre onzè» en Confessions. Barcelona, Proa, 2007, pp. 319-354.
MAYORAL, Marina: Deseos, Madrid, Alfaguara, 2011.
VILLANUEVA, Darío: «La estructura de la novela» y «La renovación de la novela en el S. XX» en Estructura y tiempo reducido en la novela. Valencia, Bello, 1977, pp. 9-41 y 42-76.


[1] DE HIPONA, San Agustín: Confessions, p. 350.
[2] La huella de este pensador es notable en la literatura española; por ejemplo en la poesía de Antonio Machado o de Helena Martín Vivaldi.
[3] MAYORAL, Marina: Deseos, p. 24.
[4] Ib., pp. 269-270.
[5] Ib., p. 108.
[6] Ib., p. 111.
[7] Etelvina de Silva es la narradora de otra novela de Marina Mayoral, ¿Quién mató a Inmaculada de Silva? Esta es otra de las peculiaridades de Deseos: la aparición de personajes de obras anteriores de la autora, lo que crea un universo propio e íntimo.
[8] Ib., p. 97.
[9] VILLANUEVA, Darío: Estructura y tiempo reducido en la novela, p. 64.
[10] GENETTE, Gérard: Figuras III. De las propuestas del crítico francés solamente se toma lo pertinente y más significativo para el análisis de esta novela.
[11] MAYORAL, Marina: Op. Cit., p. 98.
[12] Ib., p. 246.
[13]Ib., p. 258.
[14] Ib., p. 83.
[15] Ib., p. 15.
[16] Ib., p. 330.
[17] Ib., p. 42.
[18] Ib., p. 11.
[19] Ib., p. 25.
[20] Ib., p. 276.
[21] Ib., p. 282.
[22] Ib., p. 285.
[23] Ib., p. 25.
[24] Ib., p. 352.